De un juego frente al espejo a su propio gabinete: la historia de Morena Ponce y el arte de trenzar su futuro

Con apenas 21 años, la joven de Rawson convirtió una pasión de la infancia en su trabajo. Autodidacta, perseverante y con el impulso clave de su familia, hoy no solo vive de las trenzas: también enseña a otras a hacerlo.

De un juego frente al espejo a su propio gabinete: la historia de Morena Ponce y el arte de trenzar su futuro En una casa de Rawson, frente a un espejo y con apenas 10 años, Morena Ponce empezó a hacer algo que en ese momento parecía un simple juego. “Me sentaba enfrente del espejo, me ponía a peinarme… hacía unas torsaditas que yo creía que eran trenzas”, recuerda. Lo que no sabía entonces era que ese gesto, repetido con paciencia y curiosidad, iba a convertirse con los años en su oficio y en su forma de salir adelante.

Su historia no empieza solo con una pasión, sino también con un momento difícil. A esa misma edad, atravesó una pérdida importante y encontró en las trenzas una forma de canalizar lo que le pasaba. Con el tiempo, esa búsqueda se volvió casi una obsesión: pensar, probar, equivocarse y volver a intentar. Incluso soñaba con nuevas formas de trenzar. Y al día siguiente, las llevaba a la práctica.

Así, de manera completamente autodidacta, fue desarrollando técnicas propias. “Pensaba, pensaba y me acostaba a dormir… llegué a soñar cómo hacerlo. Al otro día me levanté y me salió”, cuenta sobre uno de esos descubrimientos que hoy forman parte de su sello: las trenzas cocidas invertidas, esas que sobresalen y que actualmente son su principal fuente de trabajo.

El camino no fue inmediato ni lineal. A los 14 años, una situación familiar marcó otro punto de inflexión. Tras cortarle el pelo a su mamá más de lo esperado, tuvo que encontrar una solución. “Para que se vuelva a sentir linda, le hice trenzas con extensiones”, relata. Sin saberlo, ahí estaba dando un nuevo paso: incorporar técnicas más complejas y ampliar sus posibilidades.

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Pero si hay algo que atraviesa toda su historia es el acompañamiento. Fue su mamá quien vio antes que ella el potencial en lo que hacía. “Yo lo veía como una pavada, me daba vergüenza”, admite Morena. Sin embargo, ese empujón fue clave: un espacio en el living de su casa, un mueble pintado de rosa y una cuenta de Instagram fueron el punto de partida.

Desde ahí, todo empezó a crecer.

Las clientas comenzaron a llegar, cada vez más. El boca en boca hizo lo suyo y, en poco tiempo, el living quedó chico. Entre turnos y visitas constantes —incluso de academias de danza, patín y otras disciplinas—, el emprendimiento ya pedía otro espacio. Y otra vez apareció el sostén familiar: su mamá le cedió un lugar dentro de la casa para armar su propio gabinete.

El 23 de diciembre de 2022 lo inauguró rodeada de clientas y seres queridos. Desde entonces, no paró.

Hoy, Morena no solo trabaja de lo que le gusta, sino que también decidió enseñar. Sus cursos, organizados en distintos módulos según el nivel y la técnica, buscan transmitir eso que ella aprendió sola: con práctica, dedicación y mucha constancia. “Nunca tomé un curso, todo fue a prueba y error”, resume, dejando en claro el valor de su recorrido.

 

 

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Las capacitaciones son personalizadas, pensadas para que cada alumna pueda aprender a su ritmo y sacarse todas las dudas en un espacio cercano. Y como todo lo que rodea su historia, la demanda volvió a superar las expectativas: los cupos son limitados y se completan rápidamente. La próxima edición se realizará el mes que viene, con fecha a confirmar una vez que se llenen los lugares disponibles. Por ahora, quedan solo seis.

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Lejos de ser solo una propuesta formativa, el curso aparece como una consecuencia natural de su camino. El de una joven que empezó jugando, que encontró en un oficio una forma de sanar, de crecer y de construir su independencia.

Porque a veces, eso que parece “una pavada” —como ella misma lo definía— puede terminar siendo el trabajo de toda una vida.